La memoria es el oxígeno de las historias. Sin ella no persisten y, en su ausencia, el olvido las borra hasta hacerlas desaparecer sin que medie retentiva alguna que valga. Una vez consumado su extravío no solo dejaremos de traerlas al presente por cuenta propia. Va más allá de desterrarlas del recuerdo. Una vez las olvidemos habrán dejado de existir como si nunca nadie las hubiese contado. Olvidar es invalidar la existencia.

Imagínense si careciéramos de todo pasado, si viviéramos cada día haciendo tabula rasa y si quedáramos permanentemente con la mente en blanco. Constantemente viviríamos naciendo. No forjaríamos lazos ni tendríamos recuerdos. Y a falta de raíces, flotaríamos a la deriva sin podernos asentar. Nuestro nombre nos resultaría ajeno; la imagen nuestra, una farsa; y nuestro propio cuerpo, una imprecisión. Sin relatos que contar (o contarnos) no nos podríamos reconocer.

Lo comentaba anteriormente en la primera entrega de este nuevo segmento sobre mitos y leyendas venezolanas. Del acto de narrar, aflora el individuo y todo su mundo. Lo mismo pasa con las sociedades. Están hechas de historias. Y con toda razón autores como la investigadora tinaquillera Carmen Pérez Montero han afirmado que una sociedad sin memoria carece de toda identidad.

No estoy diciendo con esto que seamos nuestro pasado. Pero sí las historias que nos contamos. Somos eso que decimos de nosotros y también eso que narramos del mundo. Es de todos esos relatos que estamos hechos. Ellos exhiben nuestra identidad.

¿Qué guarda la memoria colectiva sino fragmentos de quienes somos? La historia que alberga (con sus mitos, sus cantares, sus tradiciones y leyendas…) es expresión de nuestra cultura. En su libro Mitos y leyendas del estado Portuguesa (2014), Pérez Montero expresa que lo “folclórico es lo tradicional, lo que tiene larga trayectoria”, lo que hemos “conservado y transmitido de generación en generación” (p. 25). De modo que ser partícipes de nuestro folclore es encontrarnos de frente con eso que nos une, que nos ha explicado y nos explica como sociedad y que da cuenta de nuestros valores. Es la carta de presentación para el extranjero y el mapa de orientación para el nativo.

Recordar, entonces, se vuelve necesidad sobre todo en estos tiempos volátiles en los que el olvido está a la orden del día. Hay que narrar para mantener vivas las historias. Porque nos debemos a ellas. No las podemos volver desechables.

En esta ocasión, quise traerles una de las leyendas folclóricas más extendidas de Venezuela, que viene a ser, además, la primera manifestación mágico-folclórica del estado Portuguesa según Montero. Dado el título, seguramente ya saben de cuál estoy hablando. Es una leyenda que surgió en nuestros llanos, en esas regiones rurales, mágicas, de inmensas sabanas que suelen ser destino frecuente de nuestros espectros. Hoy por hoy, todavía sigue muy vigente en la conciencia de nuestra sociedad, sobre todo en la de nuestros coterráneos que habitan en las regiones centro-occidentales del país. Y es que incluso pobladores de estados como Portuguesa, Barinas y Cojedes aseguran que todavía se pueden escuchar los signos auditivos de su presencia.

El Silbón (como se le conoce posiblemente desde mediados del siglo XIX) ha sobrevivido al paso del tiempo gracias a la tradición oral. Ya entraremos en detalles, pero la versión más extendida narra la historia de un hijo que mató a su padre para comerse sus vísceras. Dado lo anterior, la novelista y cronista venezolana Mercedes Franco, autora del libro ¡Vuelven los fantasmas! (1996), piensa que el hecho podría remontarse a la década de 1850 o 1860, un período signado por la pobreza y la miseria de la posguerra.

Muchos, sean grandes o chicos, le siguen temiendo cuando cae la noche, especialmente en los días de mayo, que es cuando suele aparecer. Porque es el mes de los espantos. Las épocas de aguaceros en la sabana le abren la puerta de entrada a lo sobrenatural. Y entonces las sombras prescinden de cuerpos, visten sombreros y espantan, mientras la oscuridad complotada con los chubascos les sirven de abrigo. Por eso allí, en la noche, El Silbón se siente amparado. Al compás de lluvias torrenciales y relámpagos, anuncia su llegada silbando y haciendo sonar los huesos que carga sobre su espalda en un costal.

Inspirado por las andanzas de este personaje, el compositor y poeta guanariteño Dámaso Delgado escribió, en 1966, una pieza que transmitieron emisoras radiales de todo el país y que el tiempo convirtió en un clásico de nuestro folclore luego de ser producida un año después. En su obra El Silbón, el escritor criollo relata el encuentro entre el legendario espectro y Juan Hilario, un hombre llanero parrandero y mujeriego oriundo del estado Portuguesa.

“Hilarión” o “Juan Parrandas”, como también se le conoce a la desventurada víctima, caminaba por tierras llaneras una noche lluviosa de mayo con la intención de asistir a un guateque cuando se encontró con José Juan, quien le aconsejó que no fuera.

“No vayas para la fiesta

te dijeron Juan Hilario,

que en tierras de Portuguesa

va un espanto desandando,

que en tierras de Portuguesa

va un espanto desandando”

Pero, incrédulo y burlón, desatendió las advertencias y siguió su camino sin imaginarse que, no mucho después, una ráfaga de silbidos extraños precederían la aparición del espectro. Al encuentro, le siguió una pelea en la que Juan Hilario tuvo todas las de perder hasta que, presa del espanto (y estando él desmayado), salieron en su rescate. Del susto, no le quedaron más ganas de parrandear.

Con lo anterior, se puede deducir que los fiesteros y los borrachos son sus víctimas favoritas. Cuentan que los ataca para succionarles el aguardiente a través del ombligo. Pero no son sus únicas presas. Armada con un palo, esta alma en pena también va al acecho de mujeriegos para guardar sus huesos en su saco luego de descuartizarlos completos. Y los inocentes tampoco se salvan…

Sea como sea, abundan las anécdotas de propios y extraños que aseguran haberlo escuchado en una de tantas noches de lluvia. No sorprende, siendo que el “aparato” (como suelen referirse a él los habitantes de estas regiones) habita los llanos desde tiempos muy remotos. Todo el mundo lo conoce en la sabana. Y como ha andado de boca en boca generación tras generación, tantísimo se ha dicho y tantísimo más se sigue diciendo sobre él. Pero no todos se ponen de acuerdo.

En la pieza que compuso Dámaso Delgado, el autor asegura que El Silbón nació en Guanarito, estado Portuguesa. Sin embargo, hay quienes prefieren ubicar su lugar de nacimiento en el pueblo barinés conocido como el Bijao. De lo que sí no hay duda es de que es exclusivo de esas llanuras, aunque luego emergieron versiones que traspasaron incluso las fronteras.

Hay muchísimas versiones sobre quién fue nuestro personaje antes de convertirse en un espectro. Una de ellas (la más difundida) cuenta que se llamaba Joaquín Flores y que nació en algún lugar de nuestros llanos centro-occidentales. Hijo de Carolina Flores y de Rosendo Silva, fue extremadamente consentido durante su infancia. Nunca le decían que no. Siempre lo complacían. Y todo se lo permitían sin nunca contrariarlo. De esta forma, creció siempre colmado de toda clase de mimos. Pero aquella crianza, antes que convertirlo en un hombre agradecido, le pasaría factura a su familia con los años.

Una noche Joaquín exigió asaduras de venado para cenar. Y, con el afán de complacer al caprichoso muchacho, su padre salió de inmediato de caza. Pero allí, a la intemperie, la suerte no le sonrió. Sin lograr hacerse con ninguna presa, Rosendo se resigna a volver a casa con las manos vacías después de varias horas. Entretanto Joaquín, que se había cansado de esperar, sale a buscarlo. De modo que no pasó mucho tiempo antes de que padre e hijo se encontraran. Según cuenta la tradición oral, a Joaquín se le sulfuraron tanto, pero tantísimo los ánimos al verlo sin su cena que arremetió contra él, lo mató y le sacó las entrañas con el cuchillo de caza. Luego se fue. El cuerpo lo dejó tirado al amparo de las bestias y las asaduras paternas se las llevó hasta su casa para que su madre, sin conocimiento de lo sucedido, se las cocinara.

El hígado, el corazón y los pulmones de Rosendo ahora eran sancochados por la inocente Carolina, quien pronto advirtió que las vísceras no se ablandaban como de costumbre. Pero no tuvo que interrogar mucho a Joaquín cuando este le confesó, sin ningún remordimiento, toda la verdad.

Su abuelo paterno, que estaba por allí cerca, escuchó toda la conversación y, como represalia por el acto despreciable de su nieto, lo hizo atar a un poste en medio del campo para despellejarle la espalda a latigazos con un mandador. Teniendo la piel irritada, en carne viva y sangrante, enseguida mandó a restregarle las heridas con aguardiente, ají picante y limón. Y cuando fue liberado para ser desterrado para toda la vida, su abuelo lo maldijo y lo mandó a perseguir por el perro Tureco para que nunca hallase descanso.

Hay quienes dicen que Joaquín tenía un hermano llamado Juan y que él lo castigó en conjunto con su abuelo. Lo cierto es que, a raíz de aquel suceso, Joaquín se transformaría en el tenebroso “aparato” conocido como Silbón.

Desde entonces, cargado con un saco contentivo de los huesos de su padre (o de sus víctimas), vagaría por las llanuras bajo la apariencia de un hombre joven, moreno, flaco, de casi seis metros de altura, vestido a la tradicional usanza llanera (con franela blanca, un pantalón arremangado hasta la rodilla, alpargatas y sombrero). Algunos señalan que va montado encima de un burro; otros, que el único animal que lo acompaña es el perro destinado a morderle los talones. 

En cuanto a los signos auditivos que anuncian su llegada, hay varios que son característicos de este espectro. Además de los relámpagos que anteceden su aparición, “el canilludo” (como también le dicen debido a su estatura) hace gala de su presencia con un silbido que para nadie pasa desapercibido. Quienes lo han escuchado describen que se pasea por las notas musicales en forma ascendente hasta fa y luego de forma descendente hasta si. Dicen que es un sonido escalofriante que, además, resulta engañoso, siendo que se escucha cercano cuando está lejos y lejano cuando está cerca. A ese silbido, se suma el ruido que hacen los huesos al chocar dentro de su saco y sus pasos sigilosos, en medio de la noche, siempre a la espera de atacar.

Los pobladores advierten que si una noche decide salirse de los caminos para visitar un hogar, hay que estar preparado para escucharlo contar los huesos de su costal desde la entrada. Porque en caso de que nadie se dé cuenta, el Silbón se cobrará una víctima de esa casa a la mañana siguiente.

Otra de las versiones sobre el origen del Silbón relata que, efectivamente, Joaquín fue muy mimado durante su infancia, pero contrasta con la anterior en el momento en el que el muchacho llega a la adolescencia. En esa etapa de su vida, Joaquín huye de casa y se entrega a toda clase de vicios que envilecen su humanidad. Comete crímenes. Roba, mata y, posteriormente, cansado de esa vida errante, regresa a casa. Allí sus padres lo reciben como si tan solo se hubiese ido de paseo. Lo llenan nuevamente de mimos. Y días después, cuando su padre lo invita para que se vayan juntos de cacería, aflora por un hecho mínimo su maldad.

La historia transcurre así. Rosendo y Joaquín caminaban por el bosque cuando se encontraron con un tronco torcido que les impidió continuar.

—Enderéceme ese palo —le exigió el hijo a su padre.

—¡Ay, hijo! Pero eso ya no se puede enderezar —respondió Rosendo—. Habría que haberlo hecho cuando estaba chiquito. Ya está muy grande, muy crecido. No se puede.

—¿O sea que usted sabía eso y no me enderezó? —replicó Joaquín molesto—. Me dejó crecer caprichoso, torcío, maluco, ¡con lo mucho que he sufrido!

Y en un ataque de ira, lo mató y lo despojó de sus entrañas. Lo que sigue (el que le llevara las vísceras a su madre y el posterior castigo de su abuelo) concuerda con la versión anterior.

Cosa parecida sucede con aquella que cuenta que Joaquín arremetió contra su padre porque se lo consiguió un día, al regresar a su casa, violando a su joven esposa. El desenlace es el mismo, a excepción de que, en esta versión, el hijo no manda a cocinar las entrañas.

El conocido locutor guariqueño Porfirio Torres conviene más con las dos primeras. En la interpretación que da a conocer sobre la leyenda, relata que efectivamente “es el ánima en pena de un hijo que mató a su padre para comerle las asaduras”. Pero no fue su abuelo ni su hermano quienes lo maldijeron, sino su madre. Fue ella quien lo condenó a vagar eternamente por la sabana cargando los huesos de su progenitor. Y quien mandó al perro Tureco para que le mordiera los talones por toda la eternidad.

Según cuenta el reconocido venezolano, sus víctimas no son nada más los hombres parranderos, sino también las mujeres a las que sorprende caminando solas. Aunque el destino más cruel, lo tienen deparado las embarazadas, a quienes asesina para “descansar en el alma inocente de sus criaturas”.

Esa interpretación parece coincidir con otra versión que ha sido muy difundida en los llanos orientales colombianos, en donde al personaje lo conocen como el Silbador o el chiflón. Pero únicamente con respecto a los desafortunados que el espectro escoge. Porque, en Colombia, al parecer es el alma en pena de un hombre mujeriego que adoraba parrandear. Por esos lares, dicen que murió en soledad y que, en ocasiones, tan solo busca la compañía de alguien para montar a caballo. Agregan, además, que su silbido anuncia la muerte de algún ser querido de quien lo escucha. Cuentan que si es grave, morirá un hombre; mientras que un silbido agudo presagia la muerte de una mujer.

Cabe aclarar que, aun con tantas versiones y con tantas posibilidades sobre la procedencia definitiva de la leyenda, no hay duda de que tuvo su origen en nuestras tierras. Así también lo aseguró el cronista barinense Alberto Pérez Larrarte en un escrito dedicado a la leyenda que publicó en su blog. Según comenta Pérez Larrarte, Wilfredo Bolívar (cronista de Araure) le contó que surgió basada en un hecho real y que ya, por la década de los sesenta, andaba en boca de todos. Al parecer, el que entonces era el cronista de Guanare, Rafael Roberto Gavidia, entrevistó a un trovador popular de aquellos tiempos y recogió la leyenda del Silbón para luego publicarla en la prensa de la localidad. De allí la tomó Dámaso Delgado como materia prima para, posteriormente, componer su exitosa obra literaria musical.

Lo demás es historia. La tradición oral fue la encargada de dotarla de tantas variantes y de hacerla recorrer tantos caminos. Hoy comparte muchas voces distintas que la relatan. De esa manera se ha mantenido viva a lo largo de los años.

Hoy por hoy, forma parte identitaria del folclore regional y nacional. Y, en el pasado, según cuentan autores como Carmen Pérez Montero “contribuyó por espacio de siglos a sostener los valores morales y éticos de la sociedad portugueseña” (Mitos y leyendas del estado Portuguesa, 2014, p. 153). Es una historia que, a pesar de lo siniestra que puede resultar, buscó modelar el comportamiento de las personas a través del espanto, lo que recuerda a la manera en como concluye uno de los copleros en la obra de Dámaso Delgado:

“El que vaya de parranda

que se vaya preparando

que si la noche lo agarra

el Silbón lo ´tá esperando,

que si la noche lo agarra

el Silbón lo ´tá esperando”

Sea que haya sucedido realmente o no, es un relato aleccionador como lo han sido otras tantas manifestaciones culturales. Al respecto, en su obra antes citada, Carmen Pérez Montero comenta lo siguiente:

Posible es que no haya existido, o que Joaquín Flores, el supuesto hijo de Carolina Flores y de Rosendo Silva, viviera en una época borrada por el tiempo. También es probable que el crimen realmente haya sido cometido por este personaje, y como en otros tiempos eran escasos los acontecimientos de esta naturaleza, la inteligencia del hombre llanero sacó provecho moral del asesinato y se hizo eco de la historia para que hechos semejantes no se repitieran. (Montero, p. 31)

Si pasó o no, no es lo importante. Lo rescatable, en todo caso, es la historia que se relata detrás de la necesidad de difundirla. Y los visos de verdad que esa ficción (si es que es ficción) esconde. Incluso, más allá de su credibilidad, resulta más enriquecedor preguntarse acerca de los elementos que la componen, como el nombre del perro destinado a atormentar al Silbón eternamente. Sobre eso, ya se han preguntado cronistas desde hace años. Es el caso de Wilfredo Bolívar, quien publicó en 1993 una crónica en el diario acarigüeño Última Hora sobre el mítico animal. Pérez Montero rescata uno de los párrafos de esa publicación para enriquecer el capítulo dedicado a este escalofriante personaje.

Recordemos que el perro ha recibido varios nombres a lo largo del tiempo, como Tudesco, Tudeco, Tureco e, incluso, el perro del Diablo. Al respecto de los tres primeros que se parecen, según explicó Bolívar, tudesco procede de la palabra germánica thiudiska, la cual, antes de pasar a hacer referencia a todo lo proveniente de Alemania, hacía más que nada alusión a una única región de ese país, así como a sus habitantes. Pero su uso luego se extendió, sobre todo de forma despectiva.

Incluso, según agrega la misma Pérez Montero, justo de esa forma los indígenas apodaban a uno de los conquistadores más cruentos que pasó por nuestro territorio durante el siglo XVI, el alemán Nicolás Federmann. Federmann, el más célebre de los representantes de los Welser, fue muy conocido y temido por sus prácticas sanguinarias que asolaron tantas vidas de nativos. Siendo así, no resulta extraño que en historias tan sombrías su alusión se mantuviera presente.

No queda más que decir que la tradición oral conserva nuestras memorias. Dar un vistazo por eso que se ha contado durante tantas generaciones es dar un paseo por nuestra historia. Por eso los relatos son cápsulas del tiempo; y nosotros, viajeros de líneas temporales cuando las narramos. Entonces no hay pasado ni futuro. Todo se vuelve un presente continuo en el que habitamos a la vez que otros que no tienen ya otra forma de existir que desde el recuerdo.

 

Fuentes:

Armas, M. (14 de marzo de 2011). La historia del Silbón. Vivencias llaneras del abuelo: http://cuentaelabuelo.blogspot.com/2011/03/la-historia-del-silbon-entrada-12.html

Casanova, F. (11 de mayo de 2010). La leyenda del Silbón de Venezuela. Historias de nuestra historia: https://hdnh.es/silbon-venezuela-2/

Ceniza, A. (27 de agosto de 2018). La leyenda del Silbón. Leyendas del mundo Ceniza: https://leyendasceniza.wordpress.com/tag/perro-espectral-llamado-tureco/

Delgado, D. (31 de marzo de 2011). Biografía. Don Dámaso Delgado: http://damasodelgado.blogspot.com/2011/03/biografia.html

Delgado, D. (03 de abril de 2011). Guión original de la Leyenda de: “El Silbón”. Don Dámaso Delgado: http://damasodelgado.blogspot.com/search/label/Gui%C3%B3n%20original%20de%20El%20Silb%C3%B3n

Franco, M. (2004). ¡Vuelven los fantasmas! (4ta ed.). Monte Ávila Editores Latinoamericana

García, R. [Roberth García]. (2014, 26 de junio). El Silbon – Espanto Venezolano [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=3UBld4ioAQs

González, B. (05 de diciembre de 2015). El Silbón. Wiki Bestial: https://bestial.fandom.com/es/wiki/El_Silb%C3%B3n

Jiménez, G. (31 de octubre de 2018). El Silbón: del hombre a la leyenda. Hechos Criollos: https://www.hechoscriollos.com.ve/el-silbon-del-hombre-a-la-leyenda/

La leyenda de “El Silbón” (16 de mayo de 2015). El pensante: https://elpensante.com/la-leyenda-de-el-silbon/

La leyenda del Silbón (10 de abril de 2013). Cronista Oficial del Municipio Barinas. Alberto Pérez Larrarte: http://cronistamunicipiobarinas.blogspot.com/2013/04/la-leyenda-del-silbon.html

Leyenda del silbón, sinfín o finfín (s.f.). Llanera: https://web.archive.org/web/20160418224753/http://www.llanera.com/llanos/?l=2033

Leyenda o Mito El Silbón (07 de agosto de 2010). Toda Colombia: https://www.todacolombia.com/folclor-colombia/mitos-y-leyendas/silbon.html

Monkey White Vinyl ́s. (2019, 05 de marzo). El Silbón – Leyenda Llanera Damaso Delgado__1_El Silvon La Leyenda Canta José Herrera [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=JpbWjDYw7Ag

Pérez Montero, C. (2014). Mitos y leyendas del estado Portuguesa. Fundación Empresas Polar. Obtenido de: https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/publicaciones/libros/mitos-y-leyendas-del-estado-portuguesa/

TikTak Draw. (2018, 12 de septiembre). El Silbón | Draw My Life [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=yG_ndlVeE8A

2 COMENTARIOS

  1. La narrativa venezolana sobre el silbón, que has traído para el deleite de tus lectores, es un aporte enriquecedor a la tradición de nuestro folclore. Contarnos esta historia sobre esas ocurrencias del lugareño llanero que inclusive a traspasado hasta el llano colombiano, como una historia llena de varias ocurrencias, es maravilloso porque forma parte de la cultura nuestra. Me encantó tu investigación.

    • Muchas gracias por tu comentario. Me alegra mucho que disfrutaras la lectura. Siempre valdrá la pena conocer un poco más acerca de esas historias que han formado parte de nuestro imaginario por tantas generaciones. Es una forma de conectar con nuestras raíces. ¡Un abrazo grande!

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