Nos rondan los relatos, esos que oímos y otros tantos que contamos. Son historias que construyen, que crean al mundo (el cómo lo vemos), a quienes se mueven en él. Si cambia el relato, cambia la percepción acerca de todo lo que se le vincule. Y si modificamos nuestra historia, esa nueva historia nos cambia.

“Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros”, dijo alguna vez el filósofo alemán Immanuel Kant. Y tal como han citado y recordado escritores como Eduardo Iriarte (casi siempre con palabras distintas, aunque con misma intención) lo que somos nosotros es el resultado de lo que nos contamos. Veríamos, entonces, el mundo según nuestras narraciones. Habitamos en ellas. Y cada narración habla más de aquel que narra que de eso que nos cuenta.

Aplica para las personas, para los grupos y para las naciones. Estamos hechos de historias. Siempre las hemos contado. El acto de narrar surgió en tiempos remotos de la necesidad de intercambiar experiencias, crear vínculos, representar lo abstracto y dar sentido. Incluso usando el movimiento, la danza, los gestos, las máscaras, la pintura o cualquier otro medio, contábamos historias en la antigüedad.

Dar con las narraciones de cualquier grupo es toparse con los signos de su personalidad. Es echar un vistazo a sus raíces, a cómo entiende el mundo y a cómo se percibe en él. Las historias nos lo muestran más allá de la ficción. Forman parte de su herencia social. Son la acumulación de sus saberes y de sus experiencias. Y es que, desde la narración, la identidad de las comunidades toma forma.

Pero no solo las describen o nos dan un vistazo de quiénes son. Precisamente porque alimentan el imaginario colectivo, las historias son caldo de cultivo para crear sentido de pertenencia, forjar lazos y cimentar los afectos. Bien sea como narrador o como oyente, quien participa de ellas se siente parte. Porque se vuelven símbolos en los que cada integrante del grupo se puede reconocer.

En Venezuela, abundan infinidad de ellas. Tiñen nuestros rincones, nuestras porciones de tierra y nuestros pasos. Algunas son conocidas por todo ciudadano de a pie; otras son más bien símbolo de ciertas regiones. Pero todas, indistintamente de su origen en el territorio nacional, son piezas para entender nuestro pasado y presente.

Para muestra un botón. Siendo esta la primera de varias entregas que me gustaría hacer sobre algunos de nuestros mitos y leyendas, doy inicio hoy con una fundamental del páramo andino que, a su vez, es un reflejo de esa historia nuestra como venezolanos.

Para conocerla, llegamos hasta ella tras un ascenso que supera los tres mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar. Nos encontramos en el “Parque loca Luz Caraballo”, en Apartaderos, un pueblo turístico del estado Mérida. Aquí, en su plaza, se erige el monumento de bronce que rinde homenaje a nuestra protagonista, quien, greñuda y descalza, viste jirones de ropa vieja que se prolongan un poco más abajo de sus rodillas. Una expresión enajenada perfila su rostro. Tiene los dedos de las manos y de los pies desfigurados por callos. Pero se mantiene de pie, con el brazo alzado y la mirada fija en la dirección en la que señala su dedo.

A pocos pasos de este monumento que data de 1967 (obra del escultor español Manuel de la Fuente), descansa una placa de concreto con una lámina de bronce en la que aparece de perfil el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco junto a su Palabreo de la loca Luz Caraballo, poema escrito en la década de los años treinta del siglo pasado que recogió la obra póstuma La juambimbada en 1959.

¿Pero quién es esa mujer a quien el escritor cumanés hizo referencia? ¿Quién fue la loca Luz Caraballo? ¿Y por qué este personaje es símbolo de la cultura andina?

Muchas historias circulan en torno a su nombre. La más antigua (en la que estaría inspirada la escultura en su honor) relata que existió en la época de La Independencia. Presuntamente, Luz Caraballo fue una pastora originaria de los pueblos fríos del estado Mérida que enloqueció luego de perder a sus seres amados. Era esposa y madre. Tenía cinco hijos. Su esposo desapareció un día y más nunca volvió, y a sus retoños los fue perdiendo, uno a uno, en situaciones distintas. La pluma de Andrés Eloy Blanco relata su suerte:

“Tu hija está en un serrallo,

dos hijos se te murieron,

los otros dos se te fueron

detrás de un hombre a caballo”

Al parecer, según se cuenta, aquel hombre detrás del cual partieron sería nada más y nada menos que Simón Bolívar, quien, en 1813, comandaba una expedición militar para librarnos del dominio español. A aquella se le conoció con el nombre de Campaña Admirable. Partió desde San José de Cúcuta y cruzó dos veces la Cordillera de los Andes hasta llegar a Caracas. Pero antes de su entrada triunfal a la capital, había llegado a la ciudad de Mérida en mayo de ese año, en donde reclutó a 500 hombres más para que lucharan junto con el ejército patriota. Según la leyenda, fue en ese momento que dos de los hijos de Luz Caraballo se unieron a las fuerzas de El Libertador. De allí que, cuando los realistas le preguntaran por el rumbo que aquel hombre había seguido, su madre señalara en dirección totalmente opuesta para protegerlos. Finalmente, los patriotas ganaron. Conquistaron la emancipación de las provincias de Mérida, Barinas y Trujillo. Y Venezuela dio inicio así a la que sería su Segunda República. Pero los hijos de Luz Caraballo (así como los hijos de otras tantas familias) más nunca volvieron.

Perder a su familia le hizo perder la razón. La soledad la llenó de delirios. Y ella, sin ningún rumbo fijo, comenzó a vagar por toda la montaña. Lo que más quería era encontrarlos. Si estaban perdidos, ella era la única que podía dar con ellos. Entonces los buscó de Chachopo a Apartaderos, sin descanso alguno, hasta el final de sus días. De acuerdo a la leyenda, su alma quedó penando tratando de cumplir la misión que, en vida, le quedó pendiente: encontrarse con sus seres amados.

Otras versiones sugieren que Luz Caraballo nació del ingenio de nuestro poeta. Sobre estos supuestos, rondan muchas historias. Pero antes de aproximarnos a algunas de ellas, vale la pena conocer primero acerca del contexto que rodeó al escritor cuando compuso su poema.

Ya comentaba antes que su Palabreo de la loca Luz Caraballo lo escribió durante la década de los años treinta del siglo XX. Por ese tiempo, el también abogado, humorista y político venezolano se mantenía confinado en Timotes cumpliendo pueblo por cárcel por orden del dictador Juan Vicente Gómez. Lo anterior luego de su excarcelación del Castillo de La Rotunda y del Castillo de Puerto Cabello, cárceles en donde lo retuvieron desde octubre de 1928 después del alzamiento del 07 de abril de ese mismo año.

Según narra el profesor Humberto Ruiz Calderón en la reseña que hace de la tercera edición de la Biografía de Andrés Eloy Blanco, de Alfonso Ramírez, el poeta cumanés vivió una serie de prohibiciones y limitaciones durante su confinamiento: “no podía trabajar. Escasamente se podía relacionar con niños. Las personas adultas que le visitaban o con él hablasen eran seguidas por los ‘funcionarios’ del régimen y en muchos casos detenidas o llamadas para ‘averiguaciones'”. Todo ello, sin embargo, no aplacó su vena artística ni mucho menos. Antes bien, Blanco siguió aportando a nuestro folklore con poesía que nacería inspirada de los parajes, la historia y los personajes fundamentales de la zona.

Y es que, incluso, hay quienes dicen que la mujer detrás de la leyenda no existió durante la época de Bolívar, sino de Andrés Eloy, y añaden que el mismísimo poeta tuvo la oportunidad de conocerla en persona. Otros aseguran que no la conoció de trato, pero que su historia llegó a sus oídos y quiso retratarla. Mientras que hay otros quienes argumentan que el personaje es una fusión de vidas creada para representar una época.

Sea como sea, se cuenta que fue él quien la bautizó. Andrés Eloy Blanco fue quien le dio su nombre y quien, junto con la tradición oral, la ayudó a cobrar vida. Porque no existen documentos oficiales de ningún tipo en el que se sustente su existencia. Siendo así, se cree que el nombre real del personaje fue otro. Entonces, “Luz Caraballo” sería solo el apodo que el cumanés le diera a una mujer cualquiera del páramo andino. Y, respecto a esa hipótesis, surgen varias candidatas.

Menciono a tres de ellas, que parecieran ser las que han cobrado mayor fuerza conforme los años.

La primera es Lesmichimío, una mujer de Timotes que vagó por todo el páramo buscando a su marido Lesmes y a sus hijos, quienes supuestamente habrían partido a hacer servicio militar. Como nunca regresaron, los buscó incansablemente hasta que enloqueció. Los que apoyan esta historia cuentan que clamaba “¡Lesmes es mío!” y aseguran que, de esa frase, entonada hasta el cansancio, derivaría su nombre.

La protagonista de una segunda versión se llama Concha Araujo, una mujer -al parecer originaria del pueblo cercano a Timotes conocido como Chachopo- a la que le amarraban las manos para evitar que arrancara las flores de los jardines. Como tenía esa costumbre, solían verla paseando con ramilletes.

Una tercera candidata (de quién sí se tiene registro) es María Blasa Ramírez. Según constata su partida de nacimiento, nació el 30 de abril de 1896, en La Venta, y murió a los 59 años el 11 de noviembre de 1955. Su acta de defunción aclara que falleció a causa de una fiebre tras permanecer quince días enferma. Sin embargo, en el documento también se verifica que no tuvo hijos. Sobre María Blasa, en cambio, relatan que su único familiar vivo era su hermano. Él, al parecer, debió partir para hacer servicio militar. Y ella enloqueció tras quedarse sola. A partir de entonces, comenzó a deambular muchísimo por los pueblos de la zona.

Dado que ninguna de las historias concuerda con total exactitud con lo que relata Andrés Eloy Blanco en su Palabreo de la loca Luz Caraballo, existe también la posibilidad de que el legendario personaje surgiera de su mezcla, ya no para representar una vida, sino muchas: las de todas esas mujeres que se quedaron solas a causa de la guerra. De ser así, Luz Caraballo sería la imagen de cientos de madres y esposas a las que la soledad, la tristeza y el sufrimiento opacaron sus días luego de que perdieran a algún familiar. Un dolor que nuestro poeta ordenó en estrofas para convertirlo en versos.

“’La loca Luz Caraballo’

dice el decreto del juez,

porque te encontró una vez,

sin hijos y sin carneros,

contandito los luceros:

… seis, siete, ocho, nueve, diez…”

Hay una única cosa cierta. Mientras haya personas que continúen recitando el palabreo y mientras la leyenda siga viajando de boca en boca, generación tras generación, Luz Caraballo se mantendrá viva. Seguirá viviendo en la tradición popular como testimonio más que como ficción. Se mantendrá perviviendo como luz encendida, perenne, permanente ilusión… una ilusión que rebasa toda cordura, melancolía y desesperanza. Y de la que todos nosotros, como venezolanos, somos parte.

 

Fuentes:

Arenas, M. (05 de septiembre de 2019). La loca Luz Caraballo: La «Penélope» venezolana. Aleteia: https://es.aleteia.org/2019/09/05/la-loca-luz-caraballo-la-penelope-venezolana/

Boza, W. (21 de marzo de 2020). La loca Luz Caraballo. Tal Cual: https://talcualdigital.com/la-loca-luz-caraballo-por-walter-boza/

“De Chachopo a Apartaderos Camina Luz Caraballo” (21 de agosto de 2019). Platanohay: https://www.platanohay.com/de-chachopo-a-apartaderos-camina-luz-caraballo/

Editorial Grudemi (2021). Campaña Admirable. Enciclopedia de Historia: https://enciclopediadehistoria.com/la-campana-admirable/

González, J. (2013). Una leyenda de los Andes venezolanos. La Loca Luz Caraballo. También Somos Americanos, (1), 30. https://www.jimmieangel.org/Website%20Documents/Gonzalez%202013%20La%20Loca%20Luz%20Caraballo%20Dic-TSA.pdf

Graff Rojas, R. (09 de mayo de 2021). La loca Luz Caraballo. Club de escritura: https://clubdeescritura.com/convocatoria/el-cuento-contado/leer/11329382/la-loca-luz-caraballo/

La Loca Luz Caraballo (19 de mayo de 2021). Solo en Venezuela:  https://www.soloenvenezuela.net/entretenimiento/la-loca-luz-caraballo/

Marín, S. (2015). Palabreo de la Loca Luz Caraballo, Andrés Eloy Blanco. Poemario: https://poemario.com/palabreo-loca-luz-caraballo/#poema-original

Piglia, R. (2007). El arte de narrar. Universum (Talca), 22(1), 343-348. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762007000100021

Ramírez Poloche, N. (2012). La importancia de la tradición oral: El grupo Coyaima – Colombia. Revista Científica Guillermo de Ockham, 10(2), 129-143. ISSN: 1794-192X. https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=105325282011

Ruiz Calderón, H. (29 de marzo de 2018). “Madre, si me matan…”. Como en botica: http://comoenboticadehumberto.blogspot.com/2018/03/hace-poco-me-regalaron-la-tercera.html

Stea, S. (2004). Tras los pasos de la loca “Luz Caraballo”. Angelfire: https://www.angelfire.com/me5/turismoandino/page8.html

Wallis, V. (2005). “De Chachopo a Apartaderos”. Documental sobre la Loca Luz Caraballo. (Cod: AA36). [Título profesional, Universidad Católica Andrés Bello]. Repositorio Académico de la Universidad Católica Andrés Bello: http://biblioteca2.ucab.edu.ve/anexos/biblioteca/marc/texto/AAH6505.pdf

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