Ese día (un día cualquiera en el que íbamos a la carrera) echamos un vistazo a los apuntes de la agenda y observamos el reloj. Nuestros latidos percutieron con gran fuerza. Representaron una orquesta intempestiva y ansiosa, mientras nosotros, que perdíamos el aire, tuvimos también la ilusión de quedarnos sin tiempo. Los minutos siguieron galopando de manera febril. O eso pensamos. Pronto nos dimos cuenta de que transcurrían despacio, pero se nos hicieron escasos, porque no lográbamos alcanzarlos con nuestro trote.

«¡Vive el ahora!», gritó alguien por allí a paso lento. «¡Disfruta el presente!».

Pero aunque no faltara la claridad en sus consejos, nadie (ni incluso el más sensato) lo entendió. Porque ¿a qué “ahora” se refería? ¿A cuál “presente”? Solo entonces nos vimos las caras y seguimos corriendo.

Vivir en el aquí y en el ahora se ha convertido en un mantra de nuestros tiempos. ¿Pero me creerías si te digo que es imposible? Ciertamente la frase tiene que ver con bajarle a la velocidad para vivir de forma consciente. Sin embargo, aun con la razón operando y los sentidos despiertos, el presente (tal como lo conocemos) no deja de ser una ilusión.

Toda nuestra vida creemos en la idea de un tiempo y un espacio absolutos. Pensamos que son magnitudes universales que todos percibimos de igual manera independientemente del observador. Y de igual manera, confiamos en una noción del presente compartida por todos. Pero el presente no es ni siquiera algo que nosotros seamos capaces de percibir, ni aun de forma individual.

La verdad es que vivimos en el pasado. Y no me refiero a que vivamos del recuerdo ni pensando todo el día, todos los días, en épocas que ya sucedieron. Me refiero a que percibimos todo lo que nos rodea con cierta demora. Pero no es algo característico solo de nuestra especie. No nos pasa únicamente a los seres humanos. Todos los seres vivos estamos condenados a habitar lo pretérito de manera, incluso, muy particular. Porque el paso del tiempo es algo subjetivo.

La explicación biológica está relacionada con la capacidad de información que somos capaces de procesar por unidad de tiempo. Piensa en una película para comprenderlo mejor. Aquella no es sino una composición de imágenes fijas que se suceden una tras otra para generar la sensación de movimiento. Cada foto (cada imagen individual que la compone) es conocida como fotograma. Somos más conscientes de ellos cuando pausamos la cinta. Pero si la dejamos correr, no pensaremos en la historia como una suma de imágenes, ni advertiremos cada una por separado. Lo mismo pasa con la realidad. Creemos que la vemos como ese algo continuo que no se detiene cuando, en verdad, la percibimos como una serie de fotos consecutivas engomadas por procesos neuronales. Por eso no compartimos una percepción objetiva del paso del tiempo, porque todos los seres vivos procesamos a un ritmo diferente ese gran flujo de imágenes.

Eso explica por qué ciertos animales resultan ser tan escurridizos. Son capaces de registrar y procesar mayor cantidad de fotogramas por segundo (FPS) que otras especies. De allí que, por ejemplo, las moscas sean tan difíciles de atrapar. Dado que procesan más rápido cada una de las señales que les llegan, nosotros, para ellas, nos movemos absurdamente despacio, como si fuésemos en cámara lenta.

Esa capacidad de procesar información a ritmo tan, pero tan veloz es sobre todo común entre las especies más pequeñas. Es lo que les ha permitido sobrevivir a lo largo de los años. Porque, dado que captan más rápido mayores detalles de su entorno que sus depredadores, tienen mayores posibilidades de ponerse a salvo. Su metabolismo tiende incluso a ser más elevado y por eso comen tanto, lo que está relacionado, justamente, con su velocidad de procesamiento y respuesta. De otra manera, no generarían toda la energía que su organismo necesita constantemente para trabajar a toda máquina.

Con lo anterior no solo se concluye que los seres vivos tenemos nociones acerca del presente muy particulares, también que no vemos las cosas en el instante justo en el que están sucediendo. Aun si algo va muy rápido, no lo estamos viendo. Estamos prediciendo en dónde estará. Al final, se trata de que hay especies que procesan la información más rápido que otras. Porque eso que conocemos como “realidad” no deja de ser algo que ya está servido, algo que ya sucedió. No vivimos nunca el presente, sino continuamente imágenes del pasado. De hecho, cada uno de nuestros sentidos manejan también tiempos distintos de percepción. No perciben el entorno a la vez. Tienen su propio ritmo, pero nuestro cerebro nos sirve una realidad unificada luego de procesar la información que, en principio, adolece de unidad y sincronía.

Pero vayamos más allá. Porque la noción del tiempo de igual manera pasa a ser algo relativo de acuerdo a la física. Y ya no estoy hablando de algo biológico, cerebral o perceptual. Tampoco hablo de ninguna ilusión o de alguna especie de engaño. Se trata de algo que ocurre. El tiempo es una magnitud flexible que varía según el estado de movimiento de los cuerpos.

Puede parecer algo absurdo siendo que, desde que nacemos, nos ceñimos a la idea de un tiempo universal. Crecemos pensando que transcurre eternamente para todos por igual, que es lineal, totalmente objetivo y que fluye a un ritmo constante que es ajeno al observador. Esa es la visión del mundo a la que nos hemos habituado. Y se la debemos al físico inglés Isaac Newton, para quien el tiempo y el espacio eran absolutos. Pero muchos años después vendría el físico Albert Einstein a quebrar esa concepción.

En el año de 1905, este científico alemán de origen judío publicó su famosa Teoría de la Relatividad Especial. En ella postuló que la velocidad de la luz es una constante universal. Esto quiere decir que, en cualquier situación, sin importar el observador ni el movimiento de la fuente emisora, la luz viaja en el vacío a unos 299.792,458 km/s, por lo que es la misma para todos. Siendo que, en todo momento (sin importar quien observe), los rayos de luz siempre se mueven al mismo ritmo, se deduce que nada puede igualar su velocidad ni tampoco rebasarla, y que el tiempo y el espacio deben necesariamente modificarse para que el principio se cumpla. De esta forma se vuelven magnitudes flexibles (es decir, relativas) que cambian según el estado de movimiento del observador. Caso contrario, no sería posible medir siempre la misma velocidad de la luz.

En su serie de nueve capítulos sobre la Relatividad Especial, el físico español José Luis Crespo explica más claramente de qué va esta teoría. Crespo ilustra cómo es el comportamiento de la luz para dos observadores con estados de movimiento diferentes. Pueden encontrar los videos entre las fuentes junto con otros que les ayudarán a ampliar la información. Pero, de igual forma, tratemos de reproducir aquí un ejercicio muy similar.

Imagínense un vagón en movimiento uniforme que tiene ubicado en el centro un disparador de dos caras. En ambos extremos del vagón, está instalado un sensor de tecnología marciana que tiene la capacidad de encenderse cuando algo lo alcanza según el punto de vista del observador. El tren sigue viajando y, de pronto, aparece en su interior un fantasma junto al disparador, el cual procede a lanzar una pelota por ambas caras. Ocurre entonces que los sensores se encienden a la vez porque ambas pelotas tocan las paredes del vagón al mismo tiempo. Si el fantasma quiere hacer las mediciones respectivas, registrará que las pelotas viajaron a una misma velocidad, solo que una tendrá una magnitud positiva (la que viajó en la dirección del tren) y la otra una magnitud negativa (la que lo hizo en dirección contraria al movimiento del tren).

Ahora ubiquemos al fantasma fuera del vagón. Él está detenido junto a los rieles cuando le pasa por enfrente el tren en movimiento. Justo en ese momento el disparador se activa y lanza una pelota por ambas caras. ¿Qué va a ocurrir? Que los sensores se van a encender a la vez porque las pelotas van a alcanzarlos al mismo tiempo. El fantasma de nuevo quiere hacer las mediciones y registra que las velocidades cambian. En esta oportunidad, la velocidad de la pelota que viaja en la dirección del tren será igual a la velocidad del tren más la velocidad del lanzamiento (Vtotal=Vtren + Vlanzamiento), mientras que la velocidad de la pelota que viaja en dirección contraria será igual a la velocidad del tren menos la velocidad del lanzamiento (Vtotal=Vtren – Vlanzamiento). De esta forma determina que, aunque llegaron al mismo tiempo, las velocidades de ambas pelotas lanzadas a la vez son totalmente distintas.

Tanto estando dentro del vagón como estando afuera, el fantasma puede notar que las pelotas llegan al mismo tiempo. Lo único que cambia en ambos casos es la velocidad de las pelotas, de manera que la velocidad se hace relativa según la perspectiva del observador. Pero ahora, ¿qué ocurriría si, en lugar de pelotas, el disparador arrojara rayos de luz?

Antes de hacer este experimento, se hace necesario hacer primero una aclaratoria. Recordemos que, siendo que es un fantasma, nuestro observador no está sometido a las mismas reglas que los seres vivos. Él no tiene que esperar a que ninguna información se procese en su ectoplasma, sino que observa lo que ocurre sin ningún retraso. Es decir que los sensores de tecnología marciana que están adecuados a su punto de vista registran con total exactitud lo que está ocurriendo.

Sigamos entonces. El fantasma de nuevo viaja dentro del vagón cuando el disparador arroja rayos de luz por ambas caras. Finalmente la luz alcanza los sensores y estos se encienden a la vez. ¿A qué velocidad viajaron los rayos? A la misma. Pero, si queremos ser más exactos, lo hicieron a unos 299.792,458 km/s.

Ahora el fantasma se sitúa junto a los rieles. El tren pasa por enfrente de él y el disparador arroja rayos de luz por ambas caras. ¿Recuerdan lo que sucedió antes cuando el dispositivo arrojó las pelotas? Estas llegaron al mismo tiempo, pero sus velocidades contrastaron. De esto concluimos que la velocidad es relativa en función del observador. Pero no sucede de igual manera con la luz. Porque siempre, sin importar quién observe o qué la emita, los rayos de luz viajan a la misma velocidad. Esto nos lleva a retomar una pregunta que todavía no hemos respondido. ¿Los sensores ubicados a ambos extremos del vagón se encendieron a la vez? La respuesta es no. No olvidemos que es un tren en movimiento. Da igual si fueron arrojados al mismo tiempo desde el centro del vagón. Después de todo, fue precisamente gracias a esa diferencia de velocidad entre las pelotas que estas llegaron a la vez. Como ambos rayos de luz viajaron a unos 299.792,458 km/s, un sensor se encendió primero que el otro. El rayo de luz que viajó en dirección contraria al tren fue el que llegó antes.

Los sensores no engañan en ningún caso. Los rayos de luz llegaron a la vez cuando el fantasma estaba en el interior del vagón y lo hicieron de forma desincronizada cuando él estuvo junto a los rieles. Ambas nociones de lo que ocurrió con los rayos de luz son totalmente válidas. ¿Pero y si no coloco a un fantasma de observador sino a dos, uno dentro del vagón y otro afuera? Ocurriría lo mismo. El que está adentro registraría que los rayos llegan a la vez y el que está en el exterior registraría que uno llega antes que el otro. Y, absolutamente, ambos fantasmas tendrían razón.

Siendo así, estamos hablando de que dos observadores con estados de movimiento diferentes están describiendo distintos “ahora”. ¿Esto es posible? Pues, aunque pueda volar la cabeza e ir en contra del sentido común, es lo que ocurre. No existe un presente absoluto ni un punto de referencia universal. En otras palabras, el tiempo y también el espacio son entidades flexibles que varían de acuerdo a la velocidad a la que se mueva el observador. Se transforman con el movimiento. La velocidad altera el orden temporal de los sucesos.

Como hemos podido ver con el ejercicio anterior, la Teoría de la Relatividad Especial de Einstein no solo significó la ruptura de nuestra noción de un tiempo compartido, sino también de la propia idea de simultaneidad y del “ahora”, que igualmente pasaron a ser relativas. Nuestros dos observadores pasaron a manejar diferentes “ahora” por viajar uno a gran velocidad. Cada noción del tiempo se volvió personal, subjetiva; se independizó de la otra. Se hizo posible concebir dos “ahora” tan diferentes como válidos en el universo. Pero lo inquietante, en todo caso, es que, de haber sumado más observadores con estados de movimiento distintos, habrían sido muchos más.

“La única forma de entender que existan muchos ‘ahora’, muchas formas de interpretar el ‘ahora’ según quien lo vea (…) la única forma de encajar que cada uno tenga su ‘ahora’ es que no exista el ‘ahora’”, explicó el doctor en Física español Javier Santaolalla durante una entrevista para el programa The Wild Project

El también divulgador científico explicó que, de no existir el “ahora”, el tiempo pasaría a ser una ilusión; y el “ahora”, un producto de nuestra mente. Solo de esta forma se lograría entender que dos personas tengan un “ahora” diferente en el que los sucesos ocurren en un orden temporal distinto. Pero para que eso sea posible, todo necesariamente tendría ya que existir. Al respecto, según le explicó Santaolalla a Jordi Carrillo de Albornoz -su entrevistador-, nosotros viviríamos en una película en la que se nos hace posible recordar el pasado, pero no así el futuro.

Para ilustrar mejor cómo funcionaría el “ahora”, imagínate que, en lugar de una película, tienes un plátano. Dependiendo de cómo lo rebanes (de la inclinación que le des al cuchillo), obtendrás una tajada de una determinada forma o de otra. Esa inclinación sería el equivalente a tu velocidad. Al final, el “ahora” vendría a ser tan solo un corte de ese todo determinado por tu estado de movimiento. Pero no dejaría de ser el resultado de un proceso neuronal. Porque la concepción del “ahora” solo habita en nuestra mente.

“El tiempo es una construcción mental”, sentencia en uno de sus vídeos la psicóloga, investigadora predoctoral, fundadora del proyecto Antroporama y divulgadora científica madrileña Patri Tezanos. La afirmación comulga con lo que sugiere la Relatividad Especial de Einstein con respecto a que el tiempo no existe como algo objetivo. Ya lo había comentado antes: es subjetivo. Puesto que es una propiedad de la mente o el producto de nuestra conciencia, no está dada como una magnitud ajena al observador.

Por eso, de acuerdo a la Relatividad, cuando vamos a gran velocidad, cambia nuestra percepción del tiempo. Nuestro movimiento determina la manera en que discurren las agujas del reloj y la manera en que se nos despliega el espacio. No es una ilusión que los segundos pasen más lento o que las distancias se contraigan para alguien que va muy rápido. Es preciso que ocurra. De otra forma, la luz no podría viajar siempre a la misma velocidad. Pero es justamente esa alteración dinámica del espacio y del tiempo, en función del movimiento del observador, la que permite la existencia de tantos presentes como personas en el mundo. De allí que nuestras experiencias sean tan únicas.

Sin embargo, esa relatividad tiene un costo que puede resultar, entretanto, descorazonador. Comentaba anteriormente que la única manera de que existan tantos “presente”, infinitos “ahora”, es que todo ya esté servido. Pero, antes que reflexionar acerca de lo que eso implicaría, centrémonos en esta ocasión en la siguiente pregunta. Si todo ya ha ocurrido, si todo ya sucedió y todos percibimos diferentes cortes de esa totalidad según nuestro movimiento, ¿en qué se convierte el tiempo? En una dimensión que se puede recorrer.

Diez años después de que publicara su Teoría de la Relatividad Especial, Einstein publicó su Teoría de la Relatividad General. En aquella postuló que el tiempo y el espacio se acoplan, de forma conjunta, en un único tejido, en un único bloque al que se le conoce como espacio-tiempo. A partir de entonces, se pasaría a entender el universo como una estructura conformada por cuatro dimensiones. Esa estructura sería el equivalente a la película, al plátano, a la totalidad. A diferencia del espacio y del tiempo que son magnitudes relativas, este bloque conjunto es absoluto, no depende del observador y es deformado por objetos con masa o energía, como planetas o estrellas. Estos grandes volúmenes lo curvan, siendo esa curvatura nada más ni nada menos que la gravedad, la cual condiciona el movimiento de la materia.

De lo anterior, siendo que es también una dimensión, una de las conclusiones que se podría sugerir es que el tiempo está desplegado de la misma manera en que lo está el espacio. Y como todos lo recorremos distinto, deja de ser válido un único parámetro para todos. Al final, esas fronteras objetivas entre lo que es el pasado, el presente o el futuro se diluyen. Porque la misma noción del tiempo, al refugiarse en la mente, se hace íntima. 

“Ahora me ha precedido en la partida desde este extraño mundo. No tiene importancia. Para gente como nosotros, que creemos en la Física, la separación entre pasado, presente y futuro tiene solo la importancia de una, hay que reconocerlo, tenaz ilusión”, concluye la carta que Einstein escribió tras la muerte de un gran amigo

El científico la envió a la familia de Michele Angelo Besso luego de que este ingeniero ítalo-suizo falleciera en 1955, apenas pocas semanas antes de su propia muerte.

El pasado, el presente y el futuro habitan únicamente en nuestra mente. Por eso la noción del “ahora” resulta sumamente particular. No existe el presente ni un mismo tiempo para todos. Cada uno de nosotros (todos los seres vivos) experimentamos lo que nos rodea de formas distintas. A lo anterior, hay que sumarle nuestra incapacidad para percibir todos los detalles. De modo que no son nada más experiencias distintas, sino también limitadas. Eso da lugar a que nuestra percepción imperfecta del mundo sea tan solo una interpretación.

Ya lo había dicho el biólogo y filósofo chileno Humberto Maturana, vivimos en mundos interpretativos. Dada la enorme marea de estímulos tanto externos como internos a los que estamos expuestos continuamente, se hace imposible procesarlos todos. De allí que el cerebro se vea obligado a tomar un poco de aquí y de allá; es decir, a filtrar la información. Y como al crecer cada uno de nosotros se va forjando un sistema de creencias completamente diferente al de al lado, esa selección es, a su vez, interpretada subjetivamente según los mapas mentales de cada persona.

¿A qué da resultado todo lo anterior? A visiones del mundo completamente únicas y a nociones del “presente” tan, pero tan particulares como infinitas. No hay un tiempo universal, ni siquiera un tiempo si lo concebimos como una ilusión a la que el cerebro alimenta. Su curso, en nosotros, es algo individual. Siendo así, si solo habita en nuestras mentes, ¿por qué seguimos insistiendo en que no alcanza? Si el “ahora” no existe y tan solo lo pensamos, ¿por qué nos da miedo que se escape? ¿Y por qué nos angustiamos continuamente por el transcurrir de las horas? Habría acaso que preguntarnos desde dónde medimos la realidad y a quién estamos tomando como punto de referencia. Porque, quizá, nosotros vamos a un ritmo distinto.

 

Fuentes:

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Carrillo de Albornoz, J. [The Wild Project]. (2020, 13 de mayo). Es posible que ya estemos todos muertos = el tiempo no existe | Física cuántica en The Wild Project [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=jFffcQBRKZY

Crespo, J. L. [QuantumFracture]. (2014, 11 de mayo). El oscuro secreto que oculta la luz [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=-E_WOXNf_VI&list=PLOPFAg4mOJ11yefpxOdwSvdBQMz6YlPcB&index=3

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Cruz, J. L. (01 de septiembre de 2017). ¿Qué es la Teoría de la Relatividad Especial y la General? RPP Noticias: https://rpp.pe/blog/piramide-invertida/youtube-que-es-la-teoria-de-la-relatividad-de-albert-einstein-explicacion-en-3-minutos-noticia-920116?ref=rpp

Martitegui, A. (03 de mayo de 2021). No vemos el mundo como es, sino como somos nosotros. Nius Diario: https://www.niusdiario.es/salud-y-bienestar/coaching/no-vemos-mundo-como-es-sino-somos-nosotros_18_3129795194.html

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¿Por qué es tan difícil atrapar a una mosca? (18 de septiembre de 2017). BBC Mundo: https://www.bbc.com/mundo/noticias-41300803

Santaolalla, J. [Date Un Vlog]. (2018, 07 de noviembre). Hoy sí que vas a entender la relatividad especial [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=lT4OLf4yyuU

Santaolalla, J. [Date Un Vlog]. (2018, 28 de noviembre). Este vídeo sí te va a volar la cabeza: ¿qué es el tiempo? [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=mTh7PbyyA0I

Santaolalla, J. [Date Un Vlog]. (2019, 02 de enero). ¿Somos realmente libres de decidir nuestro futuro? [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=hXZiJ6TlFh8

Santaolalla, J. [Date Un Vlog]. (2021, 14 de mayo). Hoy sí que vas a entender el tiempo [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=fkEY_mUTBDI

Tezanos, P. [Antroporama]. (2020, 26 de enero). Esto que estás viviendo no es el presente [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=MDy8OChMuSQ

2 COMENTARIOS

  1. Ciertamente el tiempo es un punto de vista individual que cada uno de nosotros manejamos en nuestro cotidiano vivir. Manejamos en nuestro entorno un pasado, un presente y un futuro. El ahora convertido en ese presente, es el que nos permite proyectarnos al futuro, a lo que esperamos construir según esas vivencias vividas en el pasado. Es así como visto desde el punto de vista administrativo, planificamos, organizamos y ejecutamos partiendo desde la vivencia experimentada en el pasado, aplicada en el presente, esperando los resultados en el futuro de acuerdo a nuestras expectativas. Cuando leo el comienzo de tu artículo «¡Vive el ahora!», «¡Disfruta el presente!». es algo relativo según la cotidianidad de cada individuo y a su vez absoluto. El tiempo es una ilusión? -quizás, pero algo sucedió en la línea del tiempo (como herramienta visual) desde que nacimos y de pronto hemos envejecido. Me gustó tu planteamiento e investigación, me pusiste a pensar y discernir sobre el tema

    • Me halaga mucho saber que el artículo le detonara una serie de reflexiones. Muchas gracias por leer y por compartirnos su opinión. Es posible que una de las pistas que puedan darnos aunque sea una pequeña noción del tiempo sean precisamente los cambios en nuestros cuerpos. Pero es un tema sobre el que todavía queda muchísima tela por cortar. Y la lógica y la intuición (que nos hacen concebir al tiempo como un flujo permanente) podrían jugarnos un poco en contra para lograr comprender su naturaleza. ¿Habría que prescindir entonces de ellas? No lo sé. En todo caso, sí habría que comenzar a reflexionar sobre eso que nunca pusimos en duda y que todavía damos por sentado. Ese sería el punto de partida para ir más allá. ¡Saludos!

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