Cuando el año pasado el coronavirus fue declarado oficialmente una pandemia y urgió recluirse para prevenir el contagio, en muchos (si es que no en todos o en la mayoría de nosotros) cambió la percepción del tiempo. Se nos hizo más lento. Estábamos acostumbrados al vaivén rutinario, a las prisas, al correr de un lado a otro como estilo de vida, a la rapidez. Habíamos normalizado andar a las carreras y a que las horas se nos fueran sin apenas notarlo. Pero de pronto eso cambió. Quedamos encerrados dentro de nuestras cuatro paredes. Y no hubo más opción que concentrar cada entorno seccionado de nuestra vida en un único espacio. Se diluyeron las fronteras. Los entornos se mezclaron al tiempo que afuera todo parecía paralizarse, o al menos así fue en un inicio mientras buscábamos adaptarnos. Pero esa lentitud aparente, más allá de hacerse permanente, también se esfumó.

El mundo comenzó a acelerarse de nuevo cuando la tecnología nos dio continuidad. Fue entonces que comenzamos a vivir incluso más hiperconectados que antes. Las juntas laborales, las clases, incluso las reuniones sociales y familiares se redujeron al tamaño de un aparato. Nuestras vidas siguieron su curso en el mundo virtual. Porque si antes de la pandemia ya la tecnología tenía una importancia vital en el vivir diario, durante ella se instaló por entero en nuestra cotidianidad para mantenernos enlazados con el mundo. Apagar el teléfono o apartarnos de él se volvió en muchos casos motivo de ansiedad. Nos arropó la incertidumbre. Volvimos muchísimo más habitual la actualización constante de la información en un mundo tan volátil como incierto. No queríamos quedarnos atrás. No seguir aquel ritmo sería como apartarnos de todo. Y la idea de quedar a la deriva o excluidos en un presente acelerado se hizo impensable. De allí que entronáramos lo inmediato, la instantaneidad de las respuestas y la urgencia perenne a toda hora. Todo tenía que ser para ya. De otra forma la vida “saldría corriendo” fuera de nuestras manos y de nuestro control. Pero sin límites espaciales o temporales para atender a las responsabilidades diarias, el estrés y el agobio se hicieron estables en medio de aquel eterno movimiento veloz. ¿En qué se convirtió la pausa sino en un impedimento para ser más productivos?

Como ha apuntado en muchas de sus obras el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, la sociedad del siglo XXI es la sociedad del rendimiento. En ella están trazados el provecho y el beneficio como norte, por eso continuamente deseamos hacer más para rendir más. Porque en nuestra cultura, parece que hemos asociado la noción de éxito con la ocupación constante, mientras que a la idea de productividad la volvimos inversamente proporcional a detenerse. Y, dado que vivimos en una época en la que todo es cambio permanente, rápido e impredecible, la velocidad se convierte en obsesión. Corremos una eterna carrera contra el tiempo tratando de abarcarlo todo y nos angustiamos cuando no logramos atender todo aquello que, según nosotros, deberíamos.

Esa necesidad de prisa encuentra su caldo de cultivo en las redes sociales y en las aplicaciones que usamos a diario. Para muestra, un botón. Un ejemplo lo encontramos en la herramienta que comenzó a funcionar en WhatsApp desde finales de abril de este año. La capacidad de agilizar la velocidad de reproducción de los audios fue una actualización que los usuarios recibimos con agrado. Pero mientras celebrábamos el poder reducir el tiempo incluso a la mitad, sin darnos cuenta también comenzamos a perdernos de muchos detalles, de los silencios y de los colores reales del discurso por el apuro de atrapar el jugo del mensaje sin escuchar al otro. A pesar de eso, no estoy negando la utilidad que puede llegar a tener en muchos momentos. ¿Pero hasta qué punto, en esta modernidad veloz en la que vivimos, no nos habremos vuelto más impacientes?

En su artículo Vivir a velocidad 2.0: los audios de WhatsApp, el investigador y docente argentino Exequiel Alonso reflexiona sobre los profundos cambios que hemos experimentado en nuestros modos de vivir y en nuestra manera de pensar el presente y la productividad. Justamente, parte de la actualización de la aplicación de mensajería instantánea para cavilar, entre otras cosas, sobre esa sociedad de alta velocidad en la que vivimos. Aun en nuestro ritmo frenético, pervive esa sensación de que debemos ir mucho más rápido, de que son inconcebibles los “tiempos muertos” y de que el contenido debe ser consumido de forma voraz (lo más rápido que se pueda) dada su excesiva abundancia. La rapidez impregna cada espacio de nuestras vidas. Y Alonso se pregunta si acaso la industria del entretenimiento y las plataformas digitales no nos habrán estado entrenando para deglutir la enorme cantidad de contenido en poco tiempo, sin oposición.

El caso de WhatsApp no es el único. ¿Quién no se ha valido de la opción de ajustar la velocidad de reproducción de los videos en YouTube o quién nunca adelantó ninguno para saltarse esos minutos que consideró innecesarios? Nos hemos acostumbrado al contenido de consumo rápido. Es algo que podemos ver en TikTok, una aplicación que permite compartir videos cortos que no sobrepasan el minuto, o también en los famosos reels de Instagram (herramienta con la que los usuarios pueden subir o grabar clips de hasta 60 segundos de duración).

Las diferentes plataformas y redes sociales han alimentado esa prioridad que tanto ahora le damos a lo inmediato y a la hiperactividad. Fomentan la circulación continua de información sin darnos ninguna pausa. Y, sin apenas percatarnos, quedamos atrapados en un bucle que absorbe por entero nuestra atención. ¿Quién no ha experimentado la sensación de que el tiempo vuela cuando las usamos? ¿A quién no se le ha ido una tarde entre video y video, o quién no ha quedado sumergido entre la vorágine de estímulos permanentes? Al contenido que consumimos de forma fugaz le sigue otro, y así sucesivamente. Las plataformas proscriben el aburrimiento, porque la información en ellas nunca se agota. Y, de esta forma, desplazan el malestar que nos produce la pausa.

No es algo gratuito o sin fundamento. Se les hace importante nuestra atención. Tal como explica Alonso en su artículo Silicon Valley: un monstruo grande que pisa fuerte, las plataformas se lucran en buena medida de la extracción sistemática de datos. El tiempo que pasamos consumiendo contenido en ellas se convierte en datos que, tras ser procesados, son traducidos en conocimiento. Por eso se vuelven tan adictivas, porque le damos forma a sus algoritmos con eso que precisamente nos engancha. No nos van a arrojar nada a lo que antes no reaccionamos de forma favorable. Acaparan nuestra atención con información extraída de nuestros hábitos de consumo. 

Lo anterior contribuye a un modo de vida que prioriza el consumo y la gratificación instantánea, y vuelve empresa difícil no mantenernos distraídos. De allí que nos hayamos acostumbrado a la hiperestimulación y que nos produzca cierto vacío el no estar ocupados. La quietud la llenamos de capítulos de series, de películas, de videos, de cualquier cosa que calle el ruido que nos produce el silencio. En esta era del streaming, nos cebamos de contenido. No hay pausa ni deseos de aplazar el placer. Y como es algo sucesivo en tanto no se detiene, no lo degustamos. Porque enseguida lo sucede otro que lo desplaza. Esa forma compulsiva de consumir dificulta la reflexión.

Todo lo descrito antes son síntomas de lo que el filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman calificó como la “sociedad moderna líquida” en sus trabajos. En ella, la vida que mantienen sus miembros es líquida en el aspecto en que nada conserva por mucho tiempo su forma. Los cambios se producen a una velocidad vertiginosa, porque se persiguen a perpetuidad. Y eso da lugar a siempre nuevos comienzos y finales. Bauman reflexiona al respecto en su obra Vida líquida (2005). Para el también sociólogo, “la vida en una sociedad moderna líquida no puede detenerse” (p. 7). Aquello no solo genera inestabilidad, sino también una incertidumbre constante que nos sume en estados permanentes de ansiedad. Siempre hay ansias de renovación, de innovación. Todo se hace desechable (en todos los ámbitos de nuestra vida) y todo rápidamente deja de ser útil mientras convivimos aterrados con la amenaza insistente de quedarnos atrás. El filósofo desarrolla la razón de este miedo en su libro:

Las más acuciantes y persistentes preocupaciones que perturban esa vida son las que resultan del temor a que nos tomen desprevenidos, a que no podamos seguir el ritmo de unos acontecimientos que se mueven con gran rapidez, a que nos quedemos rezagados, a no percatarnos de las fechas «de caducidad», a que tengamos que cargar con bienes que ya no nos resultan deseables, a que pasemos por alto cuándo es necesario que cambiemos de enfoque si no queremos sobrepasar un punto sin retorno. (Bauman, 2005, pp. 5-6)

Permanecemos en movimiento dada la inestabilidad y caducidad de lo que nos rodea. Nos decimos que hay mucho por hacer, mucho por ver, mucho por consumir y pensamos que, si aceleramos nuestro ritmo, ahorraremos el tiempo. Pero es una ilusión. Mientras más rápido vamos, más rápido pasa. Incluso el multitasking como práctica para supuestamente aprovechar los minutos resulta engañoso. En entrevista que le realizó el periodista y conductor de televisión Alejandro Fantino para el programa “Animales Sueltos”, el biólogo, escritor y profesor argentino Estanislao Bachrach habló sobre los dos tipos que existen: el multitasking físico y el multitasking cognitivo. El primero (que tiene que ver con la capacidad de hacer varias cosas a la vez siempre y cuando se utilicen áreas distintas del cerebro) es posible, mientras que el segundo (que usa la parte racional del cerebro para varias actividades) no lo es. Bachrach comenta que, contrario a lo que se cree, no se están haciendo varias tareas al mismo tiempo sino que nuestro cerebro atiende una sola a la vez, de forma intermitente, durante esos bruscos y desenfrenados cambios de atención. Expone que, lejos de ser más efectivos, terminamos más cansados y nos tardamos más. 

“Estás cansadísimo, porque estuviste prendiendo y apagando la máquina todo el tiempo, a mucha velocidad (…) No se puede. Prendés y apagás, prendés y apagás. Parece que sos eficiente, parece que sos productivo, pero en realidad sos más lento y te equivocás más veces”, sintetiza el profesor.

Sobresaturados de información, día tras día nos preocupamos por el paso del tiempo. Sentimos que no nos alcanza, que la vida se nos escapa y que necesitamos abarcar más para no perder las oportunidades de nuestros “mejores años”. Pero no nos percatamos de que es precisamente por la falta de pausa que la vida se escurre. Lo que se vive sin paladearlo (sin darle su tiempo) no se vive. El cambio continuo y rápido de atención impide que veamos más allá, que alcancemos un entendimiento más profundo de lo que captan nuestros sentidos, del mundo y de lo que sucede en nosotros. 

Sobre eso, leí en una ocasión que la razón exige demora. Y la demora es hermana de la pausa, que es madre de la introspección. No se trata de enemistarse con las redes sociales o de permanecer en un estado vegetativo hasta el final de nuestros días. Se trata de comenzar a vivir más despacio, más conscientes, más presentes en el momento. Hay que aprender a soltar el teléfono, a apagar el televisor y a desconectarnos de vez en cuando. No sigamos convirtiendo nuestra atención en esa mercancía que le cedemos al mejor postor sin acaso darnos cuenta. Aprendamos a decir basta cuando nos encontremos a nosotros mismos sumergidos en un mar de estímulos externos. Convivamos con nuestros silencios, regresemos al aburrimiento. No nos dejemos arrobar por la necesidad febril de estar ocupados. Porque no hacer nada también está bien.

En una entrevista que le realizó el escritor español Amador Fernández-Savater, el filósofo italiano Franco Berardi defiende esta idea. Ante el “miedo a la percepción de que la vida se nos está escapando y no la vivimos”, Berardi propone que “la buena vida puede ser volver al aburrimiento”.

“Volver al aburrimiento como terapia de la angustia me parece que es una manera posible de enfrentar el problema (…) Un movimiento de relajación de las expectativas de aventura podría ser un comienzo para una nueva aventura”, expone el también activista y escritor.

A partir de ahora, pregúntate a qué le estás dando tu tiempo. Pero pregúntatelo lento. Bájale dos a esos estados de aceleración interna permanente. Detente. Porque tu vida está contenida allí, en esos segundos que pasan mientras corres a toda velocidad.

 

Fuentes:

Alonso, E. (15 de agosto de 2020). Silicon Valley: un monstruo grande que pisa fuerte. Los ojos de Saturno: https://losojosdesaturno.wordpress.com/2020/08/14/silicon-valley-un-monstruo-grande-que-pisa-fuerte/

Alonso, E. (25 de julio de 2021). Vivir a velocidad 2.0: los audios de Whatsapp. Exequiel Alonso: https://alonsoexequiel.com.ar/vivir-a-velocidad-2-0-los-audios-de-whatsapp/

Así podés acelerar la velocidad de los audios en WhatsApp (25 de mayo de 2021). Ámbito: https://www.ambito.com/informacion-general/whatsapp/asi-podes-acelerar-la-velocidad-los-audios-n5195440

Ausín, T. (29 de mayo de 2019). Saber vivir ‘despacito’: elogio de la lentitud desde la filosofía. Ethic: https://ethic.es/2019/05/prisa-despacito-elogio-de-la-lentitud-desde-la-filosofia/

Bauman, Z. (2005). Vida líquida. ESPA PDF. Obtenido de https://circulosemiotico.files.wordpress.com/2012/10/vida-liquida-zygmunt-bauman.pdf

¿Es bueno vivir apurado? (05 de abril de 2017). Qué Pasa: https://quepasamedia.com/noticias/a-corazon-abierto/es-bueno-vivir-apurado/

Fernández-Savater, A. (19 de octubre de 2018). “Volver a aburrirnos es la última aventura posible”: entrevista con Franco Berardi, Bifo. elDiario.es:  https://www.eldiario.es/interferencias/volver-aburrirnos-franco-berardi-bifo_132_1880762.html

Geli, C. (07 de febrero de 2018). Byung-Chul Han.“Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”. El País: https://elpais.com/cultura/2018/02/07/actualidad/1517989873_086219.html

Lacámara, M. (06 de noviembre de 2020). El valor de vivir lento y abandonar los apuros. La Tercera: https://www.latercera.com/paula/el-valor-de-vivir-lento-y-abandonar-los-apuros/

Marazzita, C. (04 de agosto de 2018). Particularidades del siglo XXI. El síndrome de esta época, vivir apurados e hiperconectados. Clarín: https://www.clarin.com/sociedad/sindrome-epoca-vivir-apurados-hiperconectados_0_Byy0vvGHQ.html

Martínez Gallardo, A. (06 de marzo de 2013). Atención: vivimos en la era de la distracción. Pijamasurf:  https://pijamasurf.com/2013/06/atencion-vivimos-en-la-era-de-la-distraccion/

Orellana Ochoa, F. [Fausto Orellana Ochoa]. (2020, 22 de abril). El multitasking cognitivo – Estanislao Bachrach [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=LkbJPikeyOw&ab_channel=FaustoOrellanaOchoa

Ramírez, P. (16 de mayo de 2015). La prisa como estilo de vida. El País: https://elpais.com/elpais/2015/05/14/eps/1431612138_703847.html

Respighi, E. (02 de febrero de 2021). Excesos por evitar “tiempos muertos”. Los daños colaterales del streaming. Página 12: https://www.pagina12.com.ar/321258-los-danos-colaterales-del-streaming

Valdano, C. (28 de mayo de 2017).  El síndrome de vivir apurados y atareados. Psicóloga Corina Valdano: https://www.corinavaldano.com/blog/el-sindrome-de-vivir-apurados-y-atareados

2 COMENTARIOS

  1. Excelente análisis y reflexión. Es impresionante los avances alcanzados que nos ha brindado la tecnología -hoy día en beneficio comunicacional, investigativo, del conocimiento universal, del acercamiento con otras naciones, lenguas etc. pero también es cierto que estos avances nos han hecho mucho mas individualistas, encerrados en nuestro propio mundo, nos han alejado del contacto humano y lo peor de la relación familiar, ese contacto directo necesario a escucharnos, entendernos y reflexionar, a amarnos y darnos ese espacio divino al roce, person tu person. Vale la pena pararnos un momento y meditar que hemos dejado a un lado por tanta información recibida por las redes sociales sin darnos el espacio a discutirla y analizarla con otros. Trabajar en las conclusiones que citas en tu artículo. Felicitaciones!!!

    • ¡Muchas gracias! Así es, se hace necesario bajar la velocidad. Degustar la vida es algo que se hace lento, no a las carreras. En cuanto a las tecnologías, siempre depende del uso que les demos a todas estas herramientas. Son parte de nuestro día a día. No vamos a dejar de convivir con ellas. Pero vale la pena hacer un uso más consciente de las plataformas. No hay que dejar que pasen a ser esa vía de escape para no enfrentar los momentos de pausa ni tampoco permitir que nos absorban sin darnos cuenta. Allí es en donde veo uno de los mayores conflictos.

      ¡Gracias por leer y por compartirnos tu opinión!

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